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George L. Mallory, fotografiado por Geoffrey Young en 1909.

George Leigh Mallory, el alpinista más ilustre de Gran Bretaña, conocía el Everest como la palma de su mano, mejor que ningún hombre, pero fue esa misma montaña la que, el 8 de junio de 1924, pudo con él y le arrebató la vida en la última de las tres expediciones de las que formó parte para escalar su cima. El explorador, de 37 años, salió de su campamento, encaramado a más de 7.000 metros en un saliente de hielo, rumbo a la cumbre, en compañía de su amigo Sandy Irvine, un joven universitario de 22 años. Apenas unos bancos de nubes se atisbaban sobre la montaña. Dicen que era la una menos diez de la tarde cuando Noel Odell, otro de los formidables montañeros que formaban parte del grupo, los vio perderse a lo alto. Era la última vez que alguien les vio con vida por última vez. Eran apenas dos puntitos que subían por la arista de la montaña.

Desde ese momento, todo, o casi todo, son especulaciones. La desaparición de Mallory fue un mazazo y atormentó a toda una generación de amantes de la montaña. En una carta que envió a su casa unas horas antes, el alpinista decía: “Esta vez nuestros pies se deslizarán hasta la cima, con Dios de nuestro lado, o machacaremos el suelo, con nuestras botas hasta la cumbre con el viento entre los dientes”.

Wade-Davis

Wade Davis, profesor de Antropología y autor de “En el silencio”.

A aquella gran epopeya que acabó en tragedia ha dedicado Wade Davis (West Vancouver, Columbia Británica, 1953) el libro “En el silencio”, recién editado por Pre-textos. Se trata de una exhaustiva obra de investigación de nada menos que 1.200 páginas en la que se recrea la historia de estos aventureros británicos que se jugaban la vida enfrentándose a ese gigante de piedra y con la que Davis ganó el premio Samuel Johnson de no ficción. El autor, también profesor de Antropología, ha dedicado más de una década a investigar la historia de estos expedicionarios, a los que ha querido situar en su contexto histórico, el de un país roto por las ambiciones imperialistas británicas del siglo XIX y la neurosis de la guerra.

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El jefe de la expedición en la que fallecieron Mallory e Irvine, Edward Norton, estaba realmente preocupado por el final de la hazaña. El mismo día de la tragedia estuvo recordando cómo dos años antes, en la expedición de 1922, siete sherpas murieron en esa misma montaña, pero ese dato no le frenó a la hora de emprender él mismo la ruta hacia la cumbre más alta del mundo, él junto a Howard Somervell. Sin embargo, su estado físico no le permitió conseguir su objetivo. Se vio forzado a dar la vuelta cuando apenas quedaban 300 metros para la cima. Sólo les quedaba rezar para que sus colegas sí alcanzasen el propósito que ellos habían pospuesto. No podían imaginar la tragedia que habían sufrido sus amigos.

Noel Odell, el testigo ocular de los últimos pasos de Mallory e Irvine, siempre insistía en asegurar, posiblemente para consolarse, que sus colegas habían llegado a la cima antes de morir, aunque aún hoy persiste la duda de si conseguirían finalmente hacer cumbre, en cuyo caso se habrían adelantado casi 30 años al primer ascenso oficial, fechado en 1953, a cargo de Edmund Hillary y Tenzing Norgay.

A sus amigos muertos, Odell les dedicó unas sentidas palabras: “Lo último que vislumbré de uno de ellos –que era una de esas personas encantadoras que se granjean simpatías allá donde van y que tenía dotes innatos que parecían señalar las posibilidades del cuerpo y la mente- fue que iba a seguir firme compartiendo con el otro gran personaje que iba a su lado esa visión de lo sublime, que es el destino que muy pocos mortales tienen derecho a llevarse consigo; muy pocos han logrado fundirse en semejante escena de la trascendencia”.

El cuerpo de Mallory no fue encontrado hasta 1999, 75 años después de su desaparición. Estaba a 8.230 metros de altitud y su estado de conservación era excelente, con el pelo y la piel intactos. Los restos de Irvine no han sido hallados aún, a pesar de las expediciones realizadas en su búsqueda.

Escrito por Pilar Ortega

Nací en Madrid un 8 de marzo y prácticamente desde entonces tengo un libro entre las manos. Me licencié en Periodismo y mi trayectoria profesional se ha desarrollado fundamentalmente en las secciones de Cultura de “El Mundo”, “La Razón” y “Ya”. Soy autora de varias guías publicadas por la editorial Anaya Touring que me llevaron a sumergirme en países tan interesantes como Ecuador, Bolivia o Costa Rica. Colaboro como “freelance" con diversas publicaciones: MUJERHOY, AIRCREWLIFESTYLE, HOLA VIAJES, ETHERIA MAGAZINE, TOP VIAJES, LECTURAS SUMERGIDAS, ACTUAL GASTRO... También he puesto en marcha un proyecto editorial que enlaza los viajes con la literatura.

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